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domingo, 16 de agosto de 2015

Julián, del Maestrazgo a Mauthausen
Julián Centelles fue "solo" uno de los 900 españoles que murieron en el campo de concentración nazi de Mauthausen durante la II Guerra Mundial.
, es miembro de la Amical de Mauthausen.
16/08/15 · 8:00
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Recibimiento de los prisioneros de Mauthausen a las tropas liberadoras rusas.
Mi tío Julián Centelles Guarch nació en Porteli de Morella y fue exterminado en 1941 en el campo de concentración nazi de Mauthausen a la edad de 22 años. Víctima de la lucha geopolítica de la época, Julián pasó en su corta vida por diferentes experiencias vitales: soldado republicano en España, internado, resistente y prisionero de guerra en Francia y deportado finalmente a Mauthausen.
Tras más de setenta años de aquellos hechos, cuarenta de clausurado el silencio franquista y otros treinta formando España parte del proyecto europeo, hay historias modestas y olvidadas o expresamente ocultadas como esta misma de Julián, que aunque ya lejanas deben servir como referencia de épocas desastrosas que no debieran repetirse.
Es fundamental que todos conozcamos las lecciones del pasado para abrir los ojos al presente y al futuro. Ese conocimiento debe incitar a una profunda reflexión y contrarrestar la indiferencia general que el tema de los deportados republicanos a los campos de concentración nazis suscitaba en España, una suerte de aislacionismo intelectual comparado a la dimensión universal que se reconoce en otros países a los campos de concentración nazis. Es también necesario pasar las páginas de la historia, pero creo que primero se han tenido que poder leer.

Trayectoria

Permítanme resumir la trágica historia de Julián, investigada de forma cronológicamente inversa desde su asesinato en Mauthausen hasta perder su pista en los avatares de la guerra civil española, en base a documentación recabada de autoridades francesas, austríacas y alemanas, de la República española, de Cruz Roja Internacional y de Amical Mauthausen entre otras fuentes, adelantando que la familia de mis abuelos, Bernardo Centelles Piquer y Miguela Guarch Moles, se mudaron hacia 1935 desde Porteil a la aldea de Latonar –hoy abandonada– que era barrio de Ladruñán (Teruel) junto con sus hijos Julián de dieciséis años, Perfecto y mi madre Cremencia. Los que lo conocieron contaban que Julián era un joven activo y de mentalidad abierta. Más allá de sus actividades campesinas y ganaderas, ejercía también de esquilador de asnos y ovejas, y era bien conocido en la comarca del Maestrazgo. Tenemos en la familia la foto de Julián, de cuando al parecer se incorporó hacia 1937 como soldado republicano a la guerra civil, en la que muestra la mirada limpia y profunda de sus dieciocho años.
Hace poco más de dos años supe que el cabo Julián fue nombrado el 18 de mayo 1938 sargento de milicias de la 123a Brigada Mixta de la 27a División –XVIII Cuerpo de Ejército. Dicha brigada participó activamente en la batalla del Ebro, concretamente en Pándols y Gandesa en agosto 1938. Con la pérdida de la guerra, los restos de dicha 27a división cruzaron el 8 de febrero 1939 a Francia por el paso de La Vajol (que fue la última sede de la presidencia de la República y del gobierno, y por el que cuatro días antes habían pasado Azaña, Companys y Aguirre) y fueron internados en el campo de Saint Cyprien. Sin embargo, sí que se tiene confirmación que Julián estuvo internado en el campo de Agde. Creo que fue desde allí que Julián fue enviado como trabajador civil de la 109a Compañía de Trabajadores Extranjeros (...) a reforzar con infraestructuras defensivas la línea Maginot ante la temida invasión del ejército nazi.
Cuando los nazis conquistaron Paris el 14 de junio 1940 esas compañías quedaron prácticamente embolsadas, y Julián fue hecho prisionero el 21 de junio (un día antes de la capitulación de Francia) en Delle, puesto fronterizo con Suiza (probablemente devuelto por las autoridades suizas), e internado con el n°7.419 en el campo de tránsito de prisioneros de guerra Frontstalag 140 ubicado en el castillo de Belfort (Francia).
Los republicanos españoles detenidos en Francia por las fuerzas nazis fueron tratados solo inicialmente como prisioneros de guerra. Los historiadores señalan la coincidencia de la visita a mediados de septiembre 1940 del ministro de asuntos exteriores franquista Ramón Serrano Suñer –cuñado de Franco– a Berlín que incluyó entrevistas con el aparato nazi y el propio Hitler, con la orden-circular nazi del 25 de septiembre que explicitaba por orden directa de Hitler el trato a dispensar a los ex-combatientes de la España roja. Así fue que los republicanos españoles perdieron su condición de prisioneros de guerra siendo reclasificados como apátridas y condenados al campo de concentración de Mauthausen. El régimen de Franco no tuvo el menor interés en proteger a aquellos soldados enemigos suyos y vencidos en la guerra civil española al no reconocerles su nacionalidad española. Además, la indiferencia sobre los republicanos españoles provino también del Gobierno francés de Vichy que no se sintió concernido con el destino de aquellos españoles que habían trabajado para defender a Francia de la Alemania nazi.
Como consecuencia, Julián fue transferido el 14 de enero 1941 al campo de prisioneros Stalag XI-A en Altengrabow (Alemania), y deportado el 26 de abril 1941 al campo de concentración de Mauthausen (Austria actualmente) tras dos días de transporte en vagones de ganado atestados por 469 deportados republicanos sin comida ni bebida.
El campo de concentración de Mauthausen, junto con su campo anejo de Gusen, estaba clasificado en la categoría más extrema –3– y destinada para deportados 'no re-educables'. Allí se convirtió en solo un número, el 4.960, y a pesar de encarar el verano duró apenas medio año, pues el 20 de octubre fue transferido a Gusen con el n°14.267 en un grupo formado exclusivamente por 957 españoles.
Aproximadamente novecientos de ellos fueron exterminados de forma expeditiva y abominable (la mayoría de ellos por el llamado 'baño de la muerte') parece que por razones logísticas de espacio de los campos ante la llegada inminente de miles de prisioneros soviéticos.
Ese fue el destino trágico de Julián que fue así asesinado el 7 de noviembre 1941, siendo incinerado el 11 de noviembre junto con otros 57 cuerpos del montón apilado de cadáveres según los estadillos del crematorio de Gusen.

El hombre

La experiencia de la guerra civil debió moldear la personalidad de Julián que ya se planteaba un futuro posterior diferente al que el agreste terreno de Latonar podía ofrecer. De hecho, cuando Julián visitó a su familia en Latonar durante la retirada de tropas desde Teruel hacia el frente del Ebro le participó a mi madre Cremencia –de 14 años entonces– su intención después de la guerra de convencer al padre –Bernardo– de mudarse hacia tierras más bajas, Caspe o Alcañíz, en las que el rendimiento del duro trabajo en Latonar fuese más efectivo, y en donde Cremencia tuviera más posibilidades de aprender y formarse, y no solo de trabajar en la aldea en tareas más propias de un muchacho. Julián vivió mucho en sus cuatro últimos años de vida, tuvo que adaptarse a situaciones execrables y humillantes en ámbitos y culturas extranjeras con lenguas y mentalidades extrañas, viendo morir a compañeros de forma inhumana antes de su turno. Me resulta penoso imaginar, más allá del atroz sufrimiento físico y psicológico que le condujeron a una muerte cruel e infame en Gusen, la creciente añoranza y el sentimiento de nostalgia de los suyos que Julián tuvo que padecer (nunca pudo escribir ni siquiera una carta) en su desesperación ante el horror nazi al que se enfrentaba y al ir descubriendo su propio final. Desconsuelo que sobrellevaría en paralelo a la infinita pena de sus padres y hermanos que en su rincón del Maestrazgo tuvieron que aprender a vivir con un vacío irreversible ligado a una guerra desconocida y lejana.
Dado que Julián no retornó a Latonar tras la guerra civil, el régimen franquista sospechaba que él pudiese estar escondido y posiblemente actuando como maqui por la comarca del Maestrazgo, de forma que la guardia civil se presentaba extemporáneamente en la aldea de Latonar a fin de sorprenderlo. Los padres Bernardo y Miguela sufrieron esas situaciones denigrantes habiendo ya sabido que su hijo Julián estaba muerto. Creo que el único consuelo que nos queda radica en la certeza que sus padres Bernardo y Miguela, así como sus hermanos Perfecto y Cremencia nunca imaginaron ni aproximadamente el final de Julián, pues por sus comentarios siempre dedujimos que ellos pensaban que su hijo y hermano había "tan solo" muerto en la guerra de Alemania.

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