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martes, 8 de octubre de 2013

La doble vida de un payaso

07 octubre 2013
payaso doble
Jacinto no le dijo a nadie que se había quedado sin trabajo. Ni siquiera a su mujer, ni a su hijo Tomás. Vale que no tuvo la culpa de que la empresa decidiera prescindir de todo el departamento, pero no podía evitar sentirse en cierto modo culpable, fracasado, y le daba vergüenza reconocerlo. Por eso, aun después de haber cobrado el finiquito, Jacinto siguió saliendo de casa a la misma hora, con su traje de chaqueta y su corbata, aunque en lugar de ir al trabajo ahora salía a buscarlo en secreto, echaba currículums, hacía entrevistas.
Jacinto pasó semanas desesperado por seguir ocultando su situación mientras que nadie, ninguna empresa, le llamaba. Pero un día de tantos le tocó acudir a una reunión de padres de alumnos en el colegio de su hijo Tomás, y charlando entre ellos escuchó a una de las madres anunciar el cumpleaños de su hijo, y también que andaba buscando un payaso para amenizar la fiesta, por si alguien conocía alguno. Sin pensarlo siquiera, a Jacinto le salio del hambre saltar como un resorte y decir que sí, que conocía un payaso, y además le dio un número de teléfono, el mismo número de móvil que él usaba en secreto para buscar trabajo. El propio Jacinto se haría pasar por un payaso procurando, eso, sí, que nadie le reconociera. A la mañana siguiente, la mujer le llamó, acordaron un precio y Jacinto compró un disfraz, una peluca, una nariz de payaso, pinturas y globos de colores. Nunca había ejercido de clown, pero la necesidad le llevó a actuar tan bien, tuvo tanto éxito en aquel primer cumpleaños, que pronto se corrió la voz y Jacinto acabó actuando cada vez en más fiestas, siempre oculto tras su disfraz, engolando la voz y sin que nadie, ni siquiera su mujer y su hijo, llegaran a sospechar nada.
Lo que no esperaba es que su propia mujer acabara decidiendo también contratar a aquel payaso del que tanto había oído hablar para el cumpleaños de su hijo Tomás. Se lo propuso a Jacinto y Jacinto fue incapaz de decir que no. Cómo negarle un payaso a nuestro hijo, añadió.
Así que la tarde del cumpleaños de su propio hijo, Jacinto salió de casa como siempre, con su traje de chaqueta y su corbata, pero esta vez tomó mi taxi, y me pidió algo insólito: que le diera una vuelta de unos diez minutos, para dejarle después otra vez en su mismo portal. Quería un lugar para cambiarse de ropa y pintarse de payaso sin que nadie le viera, y en el entorno de su portal le conocía todo el mundo y apenas tenía tiempo, por eso pensó en usar un taxi igual que Superman usaba cabinas de teléfonos. Durante el trayecto, a medida que sacaba el disfraz del maletín y empezaba a desnudarse, me fue contando su historia. Luego, pintándose la cara de payaso mientras yo le sujetaba un pequeño espejo, me confesó su miedo a que su propio hijo le acabara reconociendo.
Imaginé aquella escena. El padre amenizando la fiesta de cumpleaños de su propio hijo y mientras el niño diciendo: “Todo es perfecto. Lástima que papá tuviera que marcharse a trabajar y se perdiera esto”. Y Jacinto, claro, aguantando las lágrimas para no echar a perder el maquillaje.

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