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miércoles, 2 de octubre de 2013

Barcelona, qué hermosa eres                                           01. octubre 2013 by Carlos Torres

En una calle de Gràcia hace años que hay un descampado vacío; un nido de maleza que emerge como frontera de mala hierba al urbanismo de los años treinta y cuarenta. Quién sabe cuánto se pudo pedir por él en los años de bonanza; millones y millones por un puñado de metros edificables en el corazón de Barcelona en la era dorada de la burbuja. Sin embargo, aunque caro, el solar no está en primera línea de turista, esa que transitan los visitantes ex soviéticos que vienen a dejar sus ahorros en las tiendas del Paseo de Gràcia. La misma que el Ajuntament utiliza para promocionar a bombo y platillo sus atractivos: el último musical, la nueva exposición, la próxima candidatura de Juegos Olímpicos de invierno… “Barcelona, posa’t guapa”, dicen desde hace casi treinta años las lonas que cubren los edificios en rehabilitación que se inyectan el bótox de las reformas para que los japoneses puedan disparar mejores fotos. Raramente se cruzan esos asiáticos en sus rutas de cine con la otra inmigración: subsaharianos, rumanos o magrebíes, que empujan carros de la compra donde cargan los despojos metálicos de los que la sociedad de consumo se deshace. O en el mejor de los casos, si esos dos mundos convergen en algún punto de su estancia en la capital catalana, los señores que empujan carritos se convierten en una atracción más que plasmar en Instagram de esta ciudad abierta veinticuatro horas al turista.  Son los habitantes de esa Barcelona dura y abigarrada de la que nada se escribe en la Lonely Planet y a la que el ayuntamiento no dedica demasiados esfuerzos en su lavado de cara.
En Gràcia, uno de esos extranjeros que rebusca en los contenedores de la esquina, ha conquistado el solar que lleva años vacío. Es solo un terruño que mella la silueta de la ciudad, un paisaje abandonado en el que ahora crecen dos chabolas como un erupción cutánea en la clase media que le rodea; se supone que pronto el ayuntamiento reparará en ello, como aquellas partes de nuestro cuerpo que olvidamos hasta que un mosquito nos pica. Mientras tanto, los vecinos los ven entrar y salir para descargar su carro lleno de ferralla, cada vez más escasa, cada vez más disputada. Al principio la protovivienda no disponía de mucho más que un par de colchones, una cacerola en la que calentar agua con una resistencia eléctrica y montones de ropa pasada de moda que han ido rescatando de la calle. Pero el invierno se acerca también para los pobres, y todo aquel que viva en los edificios contiguos puede ver como en los últimos días los colonos han llevado hasta su solar nuevas adquisiciones para mejorar su casa. Telas metálicas y sacos azules de rafia que, como si de un Ikea de la calle se tratase, intentarán hacer frente al frío y a la lluvia que está por venir este otoño.
El casting para la techumbre habrá sido duro estas semanas: plásticos, maderas y telas descansan en un rincón del descampado.  Sin embargo, ayer, una vecina que se asomó a su terraza después de tender la ropa pudo ver sorprendida como por fin los inmigrantes han encontrado una lona que sellará su techo de las goteras. Ironías de la vida, desde el quinto piso claramente se leía: Barcelona, posa’t guapa.

la foto (2)


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