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lunes, 12 de marzo de 2012



A la huelga



A la huelga diez,
a
 la huelga cien,
a
 la huelga,
madre
 yo voy también
a
 la huelga cien,
a
 la huelga mil.
Yo
 por ellos madre y ellos por mi.
A la huelga compañeros – Canción revolucionaria

La tan esperada convocatoria de huelga general ya ha sido finalmente anunciada por los sindicatos. Algunos temíamos que se dilatara demasiado, pero ha llegado. Hacerla coincidir con la convocatoria de los sindicatos nacionalistas es una estrategia inteligente y unitaria. Resta ahora poner toda la carne en el asador para que la huelga sea un éxito, porque es una de las pocas herramientas, de hecho la fundamental, con la que los trabajadores cuentan para hacer valer sus demandas y defenderse de las agresiones de la patronal y los gobiernos neoliberales, por la vía de los hechos y no sólo de las palabras.
Y es que la huelga no es una herramienta cualquiera, no es sólo una forma de expresar descontento ante determinadas políticas, como pueden ser las manifestaciones, concentraciones o mítines. No es sólo un acto comunicativo o expresivo. Es algo más. Es una herramienta de fuerza que permite a los trabajadores organizados obligar a las empresas a suspender su actividad, lo quieran estas o no. Mientras el empresariado y la banca pueden obligar al trabajador a aceptar cualquier tipo de condición laboral, el despido o salarios ínfimos, únicamente en virtud del poder que les otorga su propiedad, así como las leyes y los instrumentos del Estado que la protegen, los trabajadores son capaces de imponer límites efectivos al poder empresarial y del Estado mediante el recurso a la huelga, por lo menos mientras esta dura. La huelga, como señalaba Walter Benjamin, se hace para imponer un propósito. Es una suspensión colectiva de la actividad laboral para conseguir unas condiciones diferentes, que previamente no existían, tras la reanudación de dicha actividad. En el caso del 29M se trata de obligar al gobierno del PP a dar marcha atrás a su agresiva reforma laboral. Podrá tener éxito o no, pero la capacidad coercitiva de la huelga, frente a la patronal y las instituciones, es difícilmente discutible mientras tiene lugar.
Esto pone de manifiesto también dos cosas. La primera es que la huelga puede realizarse, de facto, únicamente porque los trabajadores son propietarios de su capacidad de trabajo, aunque no del fruto de este, y, en última instancia, son ellos quienes deciden poner esa capacidad en práctica a cambio de un salario y de unas determinadas condiciones laborales, o abstenerse de hacerlo. La segunda es que la huelga regulada como derecho, el ejercicio de la huelga de iure, es resultado de la práctica histórica de la huelga. Han sido las organizaciones de trabajadores a través de decenios de lucha quienes han conquistado y arrancado al Estado esa prerrogativa que hoy les corresponde por ley y que supone uno de los pilares en los que descansan la democracia, el derecho laboral, los servicios públicos y los derechos sociales. No podemos olvidar que el Estado del bienestar fue un pacto a la defensiva (el pacto keynesiano) que hubieron de hacer, tras la segunda guerra mundial, las elites financieras y económicas de Europa con la clase trabajadora organizada, ante el empuje de esta última.
Por todo ello, no es de extrañar que desde el mismo momento en que se convoca la huelga general, gobierno, CEOE y medios de comunicación hayan puesto en marcha su maquinaria para hacerle frente. Es más, la maquinaria ya estaba en funcionamiento desde antes, pues la revisión de la regulación del derecho a la huelga, además de una demanda histórica de la CEOE, ya estaba en boca de Rosell desde que fue aprobaba la reforma laboral el pasado febrero. Es por tanto de esperar que gobierno, CEOE y medios de comunicación intentarán mostrar a los sindicatos y huelguistas como insolidarios con la economía, con los parados, y con el derecho a trabajar de quienes no quieren hacer huelga, mientras que no tienen escrúpulo alguno en atentar ellos mismos contra el derecho al trabajo de millones de personas mediante la agresiva reforma laboral que han aprobado unos, aplaudido otros y justificado los demás, y cuyo eje central es el abaratamiento del despido y el incremento del empleo a tiempo parcial, en la línea de la más lacayuna obediencia a los intereses de la banca extranjera, los gobiernos alemán y francés, las agencias de calificación, los principales fondos de inversión, la CEOE y los especuladores profesionales autóctonos. Lloverán las acusaciones a los sindicatos de no respetar unos servicios mínimos, seguramente abusivos, en sectores donde no son imprescindibles, mientras que el establishment no tiene inconveniente alguno en promover e implementar la supresión de la garantía universal de los servicios públicos a través de todo tipo de recortes y privatizaciones. Arreciarán las descalificaciones contra los sindicatos, por desgracia y como ya ha empezado a ocurrir, no sólo por parte de la derecha, sino también por parte de los eternos profetas de lo inevitable, arguyendo que la huelga no servirá de nada o elucubrando sobre oscuras maniobras de los sindicatos que solamente la conspiranoia satisfecha de sí misma puede imaginar.
Los trabajadores debemos enfrentarnos a todas estas dificultades, con la cabeza fría y firmeza, sabiendo que forman parte de la realidad que queremos cambiar y mejorar, y que de nada les servirá a los grandes poderes mediáticos desgañitarse contra la huelga si sabemos usarla con inteligencia. Es una tarea de todos y una responsabilidad ético-política que debemos asumir porque somos los trabajadores y las mayorías sociales quienes creamos empleo, bienestar y riqueza, mientras que la banca, la patronal y los gobiernos neoliberales no hacen sino destruir todo ese empleo y riqueza para sanear sus cuentas y continuar así con el expolio de lo público en condiciones más ventajosas para ellos. Porque la huelga y la lucha en defensa de los derechos laborales beneficia a todos, incluyendo a aquellos que reniegan de la huelga y de los sindicatos. Porque la única salida de la crisis es la lucha y la solidaridad; la cooperación entre los sindicatos, los movimientos sociales y las fuerzas de izquierda. Huyamos pues del pensamiento derrotista. Sabemos que podemos hacer mucho y que tenemos los medios para cambiar las cosas. Usemos, para decir basta, la prerrogativa que nos pertenece, que es nuestra y que nadie puede quitarnos. El 29M todos a la huelga.
Antonio Márquez de Alcalá, sociólogo y militante de Izquierda Unida.

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